Anfield

Eusebio Di Francesco retomó su clásico 4-3-3 para la ocasión. Tras el desastroso experimento de parar los pies a Salah, Firmino y Mané con el mismo planteamiento que ante el FC Barcelona de Busquets, Rakitic y Messi –en cuanto a los futbolistas que emplea para sacar el esférico-, la Roma trató de reponerse a las bajas de Perotti y Strootman con Schick –extremo derecho- y Pellegrini –interior-. Y la intención, a fin de cuentas, parecía tener su lógica. De hecho,
Camisetas oficiales, equipaciones completas, botas de fútbol, chandals, sudaderas y chaquetas. la consigna quedó probada en cuanto echó a rodar el esférico: la Roma, léase Kolarov, Fazio, Manolas y, las menos veces, Nainggolan, hizo todo lo posible para que Salah no recibiese nunca cómodo; ya estuviese abierto o algo más próximo a la línea de medios: el egipcio contó siempre con una vigilancia extra. La misma que, a pesar del relativo éxito del sector derecho, no tuvieron Mané y Firmino. Los dos jugadores con los que el Liverpool, tras cada recuperación en su propio campo, generó serios problemas a la Roma durante la primera mitad. El primero, por ser muy superior físicamente a Florenzi y Schick, y el segundo porque, haciendo otra vez muy útil su movilidad lejos del área, supo adivinar e interpretar de maravilla los espacios entre, por delante y a la espalda del veterano –pero no rápido- De Rossi y los dos interiores romanistas.
Ante un Liverpool cómodo por las particularidades del contexto –resultado, espacios a la contra y la seguridad que transmitió Karius en cada balón por alto-, la Roma encontró una vía muy práctica para adentrarse en el área del conjunto británico a través de su lateral derecho. El extremo de ese mismo sector ha sido un quebradero de cabeza para Di Francesco a lo largo del curso; lo es y, seguramente, lo seguirá siendo de aquí a los pocos partidos que restan de campaña. Y anoche, ante las dificultades del Liverpool por defender el cambio de orientación, volvió a serlo. Schick, que jugó de inicio en dicha demarcación, demostró por enésima vez que este, por mucho empeño que le ponga su técnico y acomodo le haga Dzeko para cargar juntos el área, no es el sitio donde mejor rinde. Pues lo suyo, como demostró en la Sampdoria, es correr de dentro hacia fuera –para después, con espacios, acabar las jugadas- y no de fuera hacia dentro, que es como pretendió atacar la Roma desde que arrancó el encuentro. Algo que, a su vez, contrajo un efecto doblemente negativo: ya que en la transición ataque-defensa, dado que entraba al área en busca del remate, el checo siempre partía lejos y a destiempo con respecto a Mané –y Robertson-, que muchas veces encaró –y encararon- a Florenzi sin escudo.
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Con un El Shaarawy muy protagonista y un Dzeko que volvió a dar motivos para que esta edición de la Champions lleve escrita su nombre en alguna parte, la Roma halló la debilidad en la defensa del Liverpool, que ya de por sí genera(ba) ciertas dudas. El envío al segundo palo de Florenzi, uno de los futbolistas de la Roma más activos durante todo el partido, puso en serios aprietos la capacidad aérea y resolutiva de Alexander-Arnold, que, dada su fragilidad gestual y su escasez de centímetros, fue el hombre más perseguido por la Roma para acercarse a Karius.